miércoles, 21 de enero de 2009
La lección que me dejó el primer amor
Mi primer novio se llamaba Roberto y creo que duramos como un mes porque estábamos muy chicos, me parece que tenía 9 años, y quería besarme en la boca, ay no! fuchi… ¿cómo se te ocurre? le decía. Mi primer amor no fue ni Roberto, ni Juan José… me enamoré de un muchacho que se sentaba en el último puesto de un bus escolar que recogía a un vecinito. Me parece que yo cursaba quinto de primaria, al principio era algo platónico, con el tiempo las cosas cambiaron. Desde que lo descubrí me gustó tanto, que recuerdo bien que con todo y lo dormilona que he sido siempre, me levantaba temprano y me arreglaba para poderlo ver. El siempre me saludaba y aunque trataba de disimular que me interesaba, me imagino que él sospechaba. Cada vez que se acercaba el bus el corazón se me aceleraba, sentía el famoso mariposeo en el vientre y creía que me iba a desmayar antes de que lo perdiera de vista. ¡Qué divina sensación la del amor!No recuerdo cómo, pero me las arreglé para saber que se llamaba Enrique, que era un poco mayor que yo y, lo peor de todo, que tenía novia… una chica que le llevaba varios años y por eso su madre no lo aprobaba. Entablé una bonita amistad con él, su madre, sus hermanos, especialmente su hermanito menor, que me quería mucho y solía buscarme a menudo, pero Enrique no me pelaba en lo absoluto, al menos no como yo quería.
Durante 4 años estuve suspirando por él, esperando que un buen día cambiara de parecer y qué creen? Un sábado cualquiera, al cabo de todo ese tiempo, sonó el teléfono de mi casa con la gran sorpresa de que era él, que quería verme. Estaba tan sorprendida como desconcertada, porque para entonces ya tenía novio. Nos vimos en un parque, él estaba acompañado de su hermanito y me hizo la pregunta que había soñado por tanto tiempo. El jamás se esperó que yo le dijera que no. Recuerdo que ni yo misma podía creerlo, pero en ese momento no sentía nada especial... ya no me temblaban las piernas y el montón de mariposas que me revoloteaban en la panza cuando lo veía, se habían esfumado. Me miró con sus grandes ojos, que parecían que se le iban a salir de las órbitas y después de preguntarme por qué, me pidió un beso. No niego que besaba muy rico, pero sentí que ya había pasado su momento... ahí descubrí que hasta el amor tiene su fecha de expiración.
lunes, 29 de septiembre de 2008
Mi primera visita a New York
Muchas veces había deseado visitarla y conocer qué era lo que tenía Nueva York que tanto atraía a la gente. En honor a la verdad, hay que reconocer que tiene lo suyo. Ese aire cosmopolita de imponentes rascacielos, muchos guardando una historia que a todo visitante le gustaría descubrir. Como también sus cuantiosos museos, teatros y tiendas que dejan a uno exhausto al tercer día.
Por supuesto que una de las visitas que más deseaba hacer era a la estatua de la lib
Comprando chucherías
Visitar New York y no comprar es como una boda sin luna de miel, algo inconcebible, algo siempre se antoja. Pero como mi presupuesto era limitado preferí visitar el famoso barrio chino, y comprar una que otra cosita bonita y a costo razonable. También pude darme gusto con su rico Dim Sum o desayuno, lleno de delicias. Había cada personaje en ese barrio, pero lo importante es que saben agradar al cliente.
lunes, 30 de junio de 2008
Los refranes de mi abuela
Con gracia comentaba los más populares : "No hay mal que por bien, no venga", "más sabe el diablo por viejo que por diablo", "más vale pájaro en mano que cien volando", "árbol que nace torcido nunca su rama endereza, porque se hace naturaleza el vicio con que ha crecido", "al que madruga, Dios lo ayuda", "Dios aprieta, pero no ahorca", "dime con quien andas y te diré quién eres", en fin.
El más inolvidable de sus refranes me lo rezaba cada vez que me regañaba: "niña, pero contigo es igual que predicar en el desierto, machacar en hierro frío, ponerle jeringa a un muerto creyendo que está dormido"... todo para decirme que yo era terca. A veces la provocaba, solo para tener el gusto de escucharla.
Cualquier pretexto era bueno para contar alguna historia curiosa, muchas veces sus fábulas tenían que ver con enseñanzas bíblicas, otras supongo habrán sido cosecha de su vida y la de sus ancestros.Si alguien andaba pidiendo dinero prestado, al final terminaba diciendo: "Fui a la calle y me avergoncé, vine a la casa y me remedí"... Recuerdo un día que me quería convencer de que debía comer antes de salir a casa de una compañera de la escuela, yo le decía que no era necesario porque iba comer con mi amiga y me dijo: "Diego, llévate un bollo, que no vas para tu casa". Por supuesto que me quedaba con una cara de sorpresa ante sus raros refranes y esperaba escuchar a qué se refería, en ese caso se trataba de un tal Diego que no quiso escuchar a su esposa que le recomendaba que se llevara algo de comer, para no pasar hambre en una reunión a la que estaba invitado y efectivamente eso fue lo que le pasó.
Uno de sus cuentos memorables era sobre un tipo que estaba en la cárcel y todos le habían dado la espalda excepto su madre y un amigo que iban todas las semanas a visitarlo. Lo que pasa, me decía es que "en la cárcel y en la cama de un hospital conocemos a los verdaderos amigos". Con los años fui comprendiendo que ella tenía mucha razón, solo en los malos momentos y en las grandes pruebas es que se hacen presentes los que verdaderamente te aman.
Hace más de una década que mi abuela se fue a la otra vida, pero sus refranes e historias permanecen... y es que su sabiduría guarda una enseñanza que nunca perderá vigencia.
lunes, 16 de junio de 2008
Agua que no has de beber...
Bueno, hay que reconocer que estos desastres se dan una y otra vez en América Latina irremediablemente, pero es algo que parece no importarle a los que hoy ponen cara de espanto por lo que pasa en Estados Unidos y para ser franca no creo que las cosas cambien. Estamos viviendo unos tiempos en los que la gente se mata más por comprarse un Wii, que por la suerte del vecino. La verdad es que todos tenemos la culpa de eso, porque nos dejamos enajenar por los comerciantes y el monstruo del consumismo nos traga sin eruptar. Sus mayores víctimas son los niños que son seducidos irremediablemente por el bombardeo comercial y los padres de hoy, que han dejado de sembrar valores en el alma de sus hijos.
La mala noticia es que la naturaleza no cesará de golpearnos y de advertirnos que tenemos que preparanos para lo peor, desafortunadamente no le queda de otra.
Adriana Jarava-González